Es verdad que lo que más suele preocupar a un padre primerizo antes de serlo es EL PARTO, y si, lo pongo en mayúsculas porque así ha estado en mi cabeza durante los 9 meses (seamos correctos, 40 semanas) que ha durado EL EMBARAZO (esto lo pongo también en mayúsculas porque lo merece).
Más tarde se demuestra que hay cosas mucho más preocupantes como LAS VISITAS (esto va en mayúsculas y en negrita), los días posteriores, la lactancia (esto merecería ir en mayúsculas, en negrita y con enlace a videos explicativos, pero de momento lo dejo así), la llegada a casa…
Pues bien, voy a contar como recuerdo esos días, después de reposarlo 3 meses (probablemente los más intensos de mi vida):
n días para el día D
Lo de n no es una coña, no recuerdo exactamente cuando fue, pero la semana antes de que naciera nuestra hija, nos fuimos a cenar a un sitio que solemos frecuentar, donde se come un pescado espectacular y además hay unas campas en las que puedes tirarte antes o después de comer. Los 2 tuvimos la sensación de que esa podía ser la última cena que íbamos a hacer los 2 solos y así ha sido.
El recuerdo de esa cena creo que durará para siempre. Lo que cenamos, lo que hablamos, la gente que estaba allí... No sé, es una sensación rara, pero agradable.
2 días antes del día D
Empieza la fiesta... Domingo de visita familiar, en la que las apuestas estaban en todo lo alto:
-"El viernes a más tardar"
-"El miércoles máximo"
-"Hasta el fin de semana nada"
Pues bien, nadie acertó. En cuanto nos quedamos solos, las contracciones empezaron a ser cada vez más molestas. Cada 20 minutos, cada 10, cada 10 segundos (esto es lo que mi mente pensaba, realmente no recuerdo cada cuanto eran).
Teníamos cita con el ginecólogo al día siguiente, así que estábamos relativamente tranquilos. Por la noche las contracciones nos dieron un pequeño respiro y pudimos dormir algo (qué fácil es decirlo cuando no es uno el que las siente…).
El día antes
Como he comentado antes, teníamos cita con el ginecólogo. Primero pasamos a la salita de las famosas “correas”. 20 minutos mirando los gráficos como auténticos entendidos. Sube el pulso, sube la contracción, baja el pulso, “cariño creo que esto está ya madurito…”, “a ver qué nos dice…”.
Pasamos a la consulta del ginecólogo. Se lleva a mi mujer, y sentado en la mesa escucho “pues nada, muy bien, esto está ya”. Vuelve el ginecólogo y me dice:
-“De mañana no pasa, si esta noche no se pone de parto, mañana a las 8 ingresáis”
Es una mezcla entre puñetazo en el estómago, felicidad suprema, miedo incontrolable, nerviosismo máximo, alivio y otras 1000 sensaciones más. Pero la verdad es que para la situación en la que nos encontrábamos, nos lo tomamos con bastante tranquilidad.
Yo llamé al trabajo para decir que ya no iba, sin dar todavía muchas explicaciones, pero dando a entender que se acercaba el momento. Y nos fuimos para casa. Ese día es como una nebulosa de sensaciones, contracciones y nervios que desembocan en ella y yo montados en el coche camino del hospital a las 7 de la mañana (aprox.).
El viaje lo recuerdo como una mezcla de insultos seguidos de risas de mi mujer, “no corras idiota”, “jajajaja, es que tenía una contracción”, miradas al espejo retrovisor para observar la elegante caravana que estábamos formando, nervios, más caravana, más insultos y por fin, la llegada al hospital.
Pero eso ya es otra historia….
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